8 octobre 2012

"El terrorismo occidental". Extraits en espagnol (2). Occidente es un accidente


                                          CAPÍTULO  I           OCCIDENTE ES UN ACCIDENTE


Para nosotros, occidentales, el camino parece estar trazado : el de la dominación que hoy lleva el nombre de « mundialización » pero que tiene raíces milenarias. Desde el mito del « pueblo elegido » que justificó el exterminio de otros pueblos, hasta el « Imperio Romano », que pretendía encerrar en sus fronteras a todo el mundo por entonces conocido y que Europa llamaba « civilización » (como si tuviese el monopolio de ésta), legitimando así la esclavitud o la colonización. Hoy en día, los dirigentes de EEUU llaman « destino manifiesto » a la misión de gobernar el mundo que se han autoasignado, instaurando la « mundialización », es decir, un sistema único, sometido a lo que uno de sus teóricos llama « la ley divina del mercado ».
Este libro está dirigido contra esta nueva religión que no osa decir su nombre : el monoteísmo del mercado.   
Para llevar a buen puerto nuestra tarea, para realizar la unidad sinfónica del mundo -dividido hoy entre el Norte y el Sur, luego de veinticinco siglos de secesión de Occidente, cinco siglos de colonialismo y cincuenta años de dominación imperial norteamericana- es necesario tener presente la curva de desarrollo del Occidente depredador, remontar a las fuentes de esta división y buscar los medios para ponerle fin. Terminar también con la división entre el Norte y el Sur que no cesa de aumentar, incluso en el propio Occidente, entre ricos y pobres.
Sólo así podremos medir la verdadera  magnitud del problema : el hambre de millones de colonizados, el paro en los países industrializados, la emigración (el paso del mundo del hambre al mundo del paro y la exclusión). Todos estos aspectos constituyen un mismo problema, el de la mundialización ». Denominación que esconde la ambición de dominación mundial de EEUU y de sus vasallos europeos y que nos conducirá en el siglo XXI a un suicidio planetario.

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La palabra Occidente es una palabra terrible. Los alemanes dicen Abendland, país del crepúsculo. 
¿ Qué le sucede hoy a nuestra civilización crepuscular ?
Paul Valéry afirmó que Europa había sido forjada por tres tradiciones :
-en el ámbito moral  por el cristianismo y particularmente por el catolicismo.
-en ámbito del derecho, la política y el Estado, por la influencia ininterrupida del derecho romano.
-en el ámbito del pensamiento y del arte, por la tradición griega.
¿ Por qué separar a estas tres corrientes de sus fuentes ? Se crea de esta manera la ilusión que Occidente es un comienzo absoluto, que nació como una planta a la que rehusáramos buscar sus raíces. Una planta solitaria y única, una espece de milagro histórico.
Ello esconde lo esencial. Lo que por convención denominamos Occidente, nació en Mesopotamia y Egipto, es decir, en Asia y Africa.        

a)  El mito del excepcionalismo hebreo.
Gracias a los jeroglíficos egipcios y a la escritura cuneiforme de Mesopotamia, se ha establecido que desde el final del IV milenio a.C. (período del bronce antiguo) tuvieron lugar sucesivas emigraciones masivas de pueblos que venían de países vecinos (de la península arábica en particular) y que se produjeron debido a invasiones o por la modificación del clima que había desertificado a sus países de origen.
Esos pueblos entraron en una región menos inhóspita y más adecuada para la vida de seres humanos, « la Medialuna fértil (el creciente fértil), que se extiende de Mesopotamia a Egipto. Los que primero llegaron fueron los arameos. Se instalaron en lo que hoy es Siria. Constituyeron desde mediados del segundo milenio a.C. un centro de civilización en un territorio que desde entonces se llamó Canaán. (1)
Las emigraciones de los nómades hebreos -más tardías- se integraron en general de manera pacífica a la población autóctona ya sedentaria, que había construído ciudades fortificadas y que los hebreos no podían enfrentar militarmente.
A la luz de los progresos de la arqueología, toda la historia de los hebreos -tal como la cuentan los rabinos más obscurantistas del actual estado de Israel, que la quieren utilizar  para justificar la ocupación de lo que consideran como su país de origen, título de propiedad que les habría sido concedido por una donación firmada por Dios-, se revela como pura « mitología ». Es toda la legitimidad histórica del actual « Estado de Israel » que está en tela de juicio, cuestionamiento que los « nuevos historiadores » israelíes plantean diciendo :
  « Desde la creación de nuestro estado hasta hoy existía sólo una mitología ». (2)  Esto también es cierto en lo que a la Tora respecta : ninguna huella arqueológica, ningún documento que no sea bíblico permite aportar una confirmación histórica.
Un sabio tan cuidadoso por salvar la historicidad de la Biblia como el padre de Vaux (O.P.), reconoce como gran parte de los investigadores, que en ninguna parte se encuentra «una alusión explícita a los patriarcas hebreos, a su estadía en Egipto, al Éxodo, incluso a la conquista de Canaán y es muy dudoso que este silencio sea roto por nuevos textos ».(3)   La historia de las tribus hebraicas de la cual las religiones de Occidente han querido hacer una « historia universal » -en el sentido de Bossuet, que en pleno siglo XVII consideraba al dios de Israel como el verdadero dios que reina en el cielo y del cual dependen todos los imperios- (4),  esa historia no es más que el resultado de la mezcla sincrética de tradiciones milenarias de pueblos nómades llegados de Arabia, cuyo clima desértico y árido los hizo emigrar hacia lo que se llama la Medialuna Fértil, donde encontraron pastos propicios para sus rebaños y posibilidades mejores de sedentarización.
Un ejemplo significativo de ello es que en la Biblia, en pleno apogeo del poderío de Israel, ni el nombre de David ni su historia figuran en ninguna fuente fuera de la Biblia, en ningún texto, inscripción ni vestigio arqueológico.
Sólo la Biblia nos da una biografía detallada (Samuel I, 1 ; II), pero no existe ninguna fuente escrituraria ni vestigio arqueológico alguno sobre la existencia y la vida -bien poco edificante por lo demás- de ese David. Sin embargo, desde hace veinte siglos -y hasta en el « Catecismo

1.  Roland de Vaux (0.P.), Histoire ancienne d’Israël [1], des origines à l’installation en Canaan, París, J. Gabalda y Cía, 1971,    
     página 58.
2.  Benny Morris, Cf. capítulo I
3.  R. de Vaux, op. cit., pág. 154
4.  Bossuet, Discurso sobre la historia universal. « el verdadero dios, el dios de Israel, ese dios es uno e indivisible » (pág. 271). « Pero acordaos Monseñor, que este largo encadenamiento de causas particulares que hacen y deshacen imperios, dependen de órdenes secretas de la divina providencia. Dios desde lo alto del cielo lleva las riendas de todos los reinos. » ; pág. 558, parte 3, capítulo 7.

de la Iglesia Católica » de 1992, el catecismo del Papa Juan Pablo II- se nos dice (página 35, 105 y otras) que « Nuestra Santa Madre Iglesia...considera sagrados todos los libros, tanto
del Antiguo como del Nuevo Testamento, con todas sus partes...tienen a Dios como autor ».
 Se incluyen además (« Catecismo...o.c. página 38 y 121), « los dos libros de Samuel, los dos libros de los Reyes », como « partes inamisibles de la Santa Escritura. »
 El Catecismo adopta la opinión de Samuel (Samuel I, 13-14), para quien David fue « un hombre del corazón de Dios », y que según Mateo (I, 16), introdujo a Jesús « en la descendencia mesiánica de David ».(« Catecismo...página 99, 405)
El paralelo entre la vida de David y la de Jesús es, lo menos que se puede decir, paradojal, puesto que fueron el contrario exacto el uno del otro.
Este era David según los libros de Samuel y las « Crónicas ».
El Antiguo testamento nos informa ampliamente sobre el modo de vida de David.
Primero, sobre su matrimonio. David se casó con Mikal, la hija de Saúl, porque le convenía a su carrera. Dijo a sus sirvientes : « ¿ Creéis que es poca cosa para mí llegar a ser el yerno del rey ? », (Samuel I, 18-25) ; y según el voto del buen Saúl, prometió como regalo de boda, cien prepucios de filisteos : « Mató a doscientos filisteos y entregó sus prepucios al rey ».
Formó una banda de malhechores, « llegó a ser su jefe, con él había más de cuatrocientos », (Samuel XXII, 2)
En su deambular encontró a una bella mujer, Abigail. Su marido, Nabal, agonizaba en ese momemento. David la tomó por mujer (Samuel I, 25), porque acostumbraba a hacerlo : « En Hebrón, tuvo un hijo de Ahinoam, otro de Abigail, luego de Maaka, de Hajit, un quinto de Abutal y un sexto de Egal ».(« Crónicas »)     
Después de un reino de siete años y seis meses en Hebrón, prosiguió su prolífica obra en Jerusalén, donde reinó 33 años.
Allí, deseando a Betsabé, tuvo la precaución de mandar a asesinar a su marido, Uri, el más piadoso y fiel de sus generales. Tuvo cuatro hijos con Betsabé (entre ellos Salomón), y luego cuatro otras mujeres (Crónicas I, 3-4 a 9). Hizo entibiar su viejo cuerpo en su lecho de muerte, por la virgen Abisag. (Reyes I, 14)
Entre tanto, se había puesto con sus mercenarios, al servicio de quien quisiera pagarle, tanto de los hebreos como de los filisteos : « David devastó la región ; no dejaba con vida a ningún hombre o mujer ; robaba ovejas, bueyes, asnos y los vestidos », (Samuel XXVII, 8).
Esas fueron las hazañas de « el hombre según el corazón de Dios » (Samuel XIII, 14; Catecismo de 1992, página 105), del cual el cristianismo paulino de 1992, dice que en Jesús se han podido reconocer « los rasgos fundamentales » ¡del hijo de David ! El Catecismo agrega además : « Hijo de Dios en su poderío », « Jesús, el Mesías de Israel », « heredero de David del cual tenía los rasgos fundamentales ».  
La muerte de Salomón « es el primer acontecimiento de la historia de Israel que puede ser  fechado históricamente», porque finalmente se pudo establecer una relación histórica comparativa con la cronología del imperio neoasirio que es fiable, puesto que ha sido establecida con la certeza que proporcionan los cálculos astronómicos. (1)   
En realidad las pruebas se han acumulado desde hace un siglo y demuelen una a una todas las leyendas sobre el excepcionalismo hebreo.
Bajo el reino de Salomón esta maravillosa historia -transmitida por fragmentos a través de la tradición oral- comenzó a componerse y a escribirse conformando un fresco coherente. Esta primera compilación realizada por lo que los exégetas llaman « Yhavista », sería completada


   1.   Martin Noth, Historia de Israel, edición francesa revisada por el autor, París, Payot, 1954, pág. 235.

en el siglo X a.C.,  con el prejuicio según el cual « Israel », existiría como entidad histórica desde inicios del segundo milenio (Abraham), y que ya desde esa época sería un pueblo monoteísta. Esta tradición substituye artículos de fe a la verdad histórica
El movimiento hacia el monoteísmo es fruto de una larga elaboración, que se produjo en el conjunto del Cercano Oriente, desde Mesopotamia, hasta Siria, Palestina y Egipto.
En los textos bíblicos se pueden hallar elementos de origen babilonio, hitita y egipcios. Pero sólo a partir de 1929, con el descubrimiento de los textos de Ras Shamra, en el sitio de la antigua capital de Ugarit (Siria) se ha podido medir el aporte de Canaán.
Sería un error parecido al error tradicional sobre el excepcionalismo bíblico, aislar esta « Biblia cananea » (1) del conjunto de las aportaciones espirituales del Cercano Oriente. Sólo ella permite evaluar el momento importante que constituye « el legado de Canaán » (2) : « Palabras, expresiones frases enteras de la Biblia hebraica se leían de pronto en textos del siglo XIV a.C.... ¿Las tabletas ugaríticas revelarían todo el fondo cananeo del antiguo Testamento que algunos exégetas y ciertos historiadores habían presentido desde hacía mucho tiempo ? ».(3)
No se pueden subestimar las diferencias entre la religión de nómadas, como los hebreos hasta el siglo XII, cuya divinidad era garante de los valores de la tribu y de la continuidad de su historia real o mítica que se revela justamente en la historia, y religión de agricultores sedentarios (como eran los cananeos desde el segundo milenio a.C.), cuya divinidad era el dios de la fertilidad del suelo y que se manifestaba sobre todo en la naturaleza.
Los primeros enfrentamientos entre cananeos y hebreos produjeron un mutuo rechazo entre los fieles de Yahvé y los de El. Luego de su sedentarización en Canaán, los hebreos identificaron su dios con el dios de los autóctonos y adoptaron incluso su nombre -EL (Dios)- transformándolo en  el plural Elohim.(4)
Los atributos de estos dioses, atributos de la naturaleza y de la historia, a veces se fusionaron. Como el Ba’al de los cananeos, Yahvé lleva el nombre de « jinete de las estepas » (Ps. LXVIII, 5) ; o como los dioses de la fertilidad ; es él quien da el trigo, el aceite y el vino (Osée II, 10). Como Ba’al, cuya voz es el trueno (Ps. XXIX, 3-4). Como dice el dios El, de Ugarit, el Dios del Antiguo Testamento truena y decide en medio de la corte de los hijos de los dioses : « Dios está al centro de la asamblea divina, él juzga en medio de todos los dioses ». (Ps. LXXXII,1). Se puede medir gracias a algunos ejemplos, la extensión y el alcance del paralelismo que es posible establecer entre los textos mitológicos  de Ugarit y los textos hebreos de la Biblia. Hay en el Antiguo Testamento como hemos dicho, « un legado de Canaán », ese Canaán del que Ugarit es hasta hoy la única muestra conocida. (5)
Esta integración no es sorprendente, porque los hebreos durante su sedentarización en Canaán, adoptaron en lugar del dialecto arameo, la « lengua de Canaán », como nos lo recuerda Isaías en el capítulo XIX, 18. Esos nómades aprendieron la escritura alfabética de los cananeos, lo que les permitirá en el siglo X a.C., pasar de la tradición oral al libro.    
Los hebreos nómades aprendieron también la agricultura al contacto con los cananeos y su modo de vida comenzó a parecerse de más en más, tanto, que los matrimonios mixtos se multiplicaron. Las maldiciones de los sumos sacerdotes lo atestiguan desde el siglo X : 
« Maldito sea Canaán... » Génesis IX, 25). « Matriz maldita desde el origen » (Sabiduría XII,

1. La expresión está sacada del título de la obra de H.E. Del Medico, La Biblia cananea descubierta en los textos de Ras    Shamra, París, Payot, 1950.
2. Es igualmente el título de una obra preciosa, la del Reverendo John Gray, El legado de Canán, Leyden, Brill, 1957.
3.  Las religiones del Cercano Oriente, textos sagrados babilonios, ugaríticos, presentados por Labat, Caquot, Szyncer, Vieyra, editorial Fayard, Denoel (Colección El tesoro espiritual de la humanidad), París, 1970, pág. 375.
4. W.F. Albright, De la edad de piedra a la cristiandad. El monoteísmo y su evolución histórica, editorial Payot, París, 1951, pág. 156.
 5. Ibídem, pág. 376-377.
11). La prohibición de casarse con mujeres extranjeras, sobre la que insisten los autores del Deuteronomio (VII, 4), prohibición atribuida a Dios (Éxodo XXXIV, 15-16), fue formulada
por el propio Abraham : « No casarás a mi hijo con una mujer de los cananeos, entre los cuales vivo » (Génesis, XXIV, 3).
Los descendientes de Jacob, yerno del « arameo Laban » (Génesis XXXI, 2), es decir, los ancestros epónimos de las doce tribus, fueron hijos de sus mujeres (Lea y Raquel), de sus criadas extranjeras (Bilha y Zilpa) o de sus concubinas, y no respetaron sin embargo esta regla. Judá se casó con una cananea (Génesis XXXVIII, 1-5),  Efraín y Manasé son hijos de José, casado éste con egipcia (Génesis XLI, 45 y XLII, 48).
Los varones de la tribu de Benjamín, habiendo sido boicoteados por los israelitas, quienes rehusaban darles sus hijas, repoblaron su tribu secuestrando cuatrocientas jóvenes y luego a otras tantas, las que debieron casarse con hombres de Silo que no tenían mujer (Jueces XXI, 10-23), después de haber « pasado a cuchillo a los habitantes, mujeres y niños comprendidos » (Jueces XXI, 10), llevándose sólo a las vírgenes (Jueces XXI, 12).
A Moisés se le reprochó haber desposado a una mujer kushita (Números XII, 1). David tenía una abuela moabita (Ruth, IV, 22) y de su mujer hitita Betsabé nació su hijo Salomón. (Samuel XI, 27).
¿ Qué nos importa entonces que el héroe de la saga de Abraham sea mítico o de carne y hueso ? La fe no depende de una elección que corrobore o impugne tal o cual descubrimiento arqueológico. La fe es la certeza que el hombre puede realizar en sus tareas terrenas « los movimientos del infinito », como escribía Kierkegaard  en su incomparable meditación sobre « Abraham, caballero de la fe » (1). Esta certeza, es la voluntad de dar con nuestras acciones una respuesta incondicional al llamamiento de Dios, según el arquetipo ejemplar mostrado con el sacrificio de Abraham.
La investigación histórica se ha liberado de esta manera de una concepción positivista de la religión (judía, cristiana o musulmana), que mezcla la fe y el hecho, olvidando que la fe es del orden de la voluntad, de lo que se quiere y no de la constatación ni de la sumisión ante el hecho ni ante lo consumado -ante el hecho consumado-, sino que por el contrario, se trata de la sumisión al llamado de Dios, que nos arranca del hecho consumado, sobrepasándolo gracias a la creación de un porvenir con rostro humano y divino. (2)      
Emmanuel Anati escribe por ejemplo : « Ni uno solo de los nombres de los personajes que figuran en la historia de los Patriarcas puede ser identificado con personajes mencionados en los textos históricos...La arqueología sólo prueba que en ese período grupos como el clan de Abraham  erraban por el desierto de Siria, Jordania, el Néguev y el Sinaí » (3).  Se podría generalizar haciendo el mismo análisis histórico sobre la Ilíada. Esta también es una saga, es decir, una epopeya escrita luego de un largo período de tradiciones orales. Estas tradiciones orales, como las « canciones de gesta » de la Edad Media occidental o las epopeyas de India
-como el « Ramayana » o el « Mahabarata »- no son únicamente ficciones poéticas, sino que relatan enfrentamientos históricos reales. Los movimientos de los pueblos han sido magnificados y transpuestos por los poetas, y,  generaciones de hombres hallaron en Abraham, Héctor, Roland o Rama, los modelos  más elevados de vida  y la encarnación del genio de una civilización.

1. Soren Kierkegaard, Temor y temblor, Obras Completas, (1972), págs. 104 a 145.
2. Estas notas preliminares no son una « disgresión teológica ». Son absolutamente necesarias en una « Historia de Palestina », para que no se confunda la investigación científica con el « sacrilegio ». Que un texto bíblico no tenga « fundamento » histórico e incluso esté en contradicción radical con la arqueología, no tiene ninguna relación con la fe judía, cristiana o musulmana. Se trata sólo -para liberar la investigación científica- de no confundir la realidad histórica y la verdad de la fe.
 3. Emmanuel Anati, Palestina antes de los hebreos, Londres, 1963, pág. 37.



En realidad, las dataciones ulteriores han establecido como recuerda el padre de Vaux, que « los israelitas llegaron a fines del XIII a.C. y no han pudieron tomarse Jericó, porque Jericó había sido por entonces abandonada ». (1)
Igual en lo que respecta a « la toma de Aï » por Josué (Josué VIII, 1-29). El padre de Vaux subraya : « De todos los relatos de la conquista, éste es el más detallado ; no comporta ningún elemento milagroso y aparece como el más verosímil. Desgraciadamente ha sido desmentido por los arqueológos...En el momento de la llegada de los israelitas, la ciudad de Aï no existía ; había unas ruinas viejas que tenían mil doscientos años ».(2)
La honestidad del historiador y del arqueólogo de este bello libro, triunfa por encima del deseo de presentar la historia, como testigo de la autenticidad del relato bíblico, que expresa el « desgraciadamente ».
Los mismos sentimientos se encuentran en la mayor parte de los historiadores de la Palestina. Emmanuel Anati escribe : « Es sorprendente que en ningún texto egipcio se encuentre la menor huella e incluso ninguna alusión, a esa larga estadía de los hebreos en el país de los faraones ».(3)
Podría haber tenido la misma « sorpresa » al constatar que no hay  huellas -fuera del Antiguo Testamento- de la huída de Egipto, en el curso de la cual se produjo el milagro del paso de los hebreos ante los cuales el mar se habría abierto, tragándose al ejército del Faraón. De un acontecimiento de tal envergadura como el aniquilamiento de un ejército, no existe ninguna alusión en los textos egipcios, en circunstancias que hay informes de los guardafronteras de la misma época donde se detalla el tránsito de minúsculas tribus nómades. (4)
¿ Por qué Anati está sorprendido ?

                                                                 
                                                             


1. R. de Vaux (O.P.), Historia antica de Israel, editorial Gabalda, 1971, pág. 562.
2. Ibídem, pág. 565.
3. Op. Cit., pág. 389.
4. Ejemplo : Papiro Anastasi VI, 51-61. Citado por Briend y Seux en Textos del antiguo Cercano Oriente e historia de Israel, editorial du Cerf, París, 1977, pág. 68 y en Textos de la Biblia y del Antiguo Testamento...ediciones Delachaux et Nesllé, Neuchatel, 1961, pág. 42.



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Nacimiento del monoteísmo en la « Medialuna fértil » y Egipto.
Pioneros tal vez de la marcha hacia el monoteísmo, los himnos hindúes de los Vedas dicen de Varuna, su dios supremo : «Sus nombres son múltiples pero él es uno ». 
Los hebreos no son los inventores del monoteísmo. Practicaron durante siglos el politeísmo tribal y no excluyeron a los otros dioses, considerando al suyo como el más poderoso y el que garantizaba la victoria. Es imposible establecer o verificar la autenticidad de los relatos de la Tora, como tampoco se puede verificar la veracidad de los « Emperadores Míticos » de la China primitiva, o del Pol Vuh de los amerindios. En el caso de Israel el mito ha sido aceptado como parte de la historia, sobre todo, después que la Iglesia Católica se apoderó de la herencia hebrea, considerándose como el resto « puro » de Israel.  Una lectura de la Biblia desprovista de prejuicios puede probárnoslo.
Los hebreos eran sólo una rama de la emigración aramea : « Mi padre era un arameo errante » (Deuteronomio XXVI 5) , mientras que el Génesis dice que « Laban, el arameo », es el tío y el suegro de Jacob. El profeta Exequiel recuerda a propósito de Jerusalén : « Por tus orígenes y nacimiento eres de la tierra de Canaán ; tu padre era amorrita y tu madre hitita ».(Ezequiel XVI, 3 y 45). Este mestizaje étnico que excluía todo racismo, se prolongaba en mestizaje cultural. El dios al que adoraban los hebreos no era muy diferente de los Ba’als de otros pueblos de la « Medialuna Fértil », región esta última donde había germinado durante largo tiempo la idea de un dios único.
Solamente a partir del año 1929 de nuestra era, con las primeras publicaciones sobre los descubrimientos de Raz Shamra y sobre todo, luego del hallazgo de diecisiete mil tablillas en el palacio real de Ebla (Siria) en 1975, por la misión italiana de Paolo Matthiae, se reveló lo que se conoce con el nombre de La Biblia Cananea. (1) Al parecer, los teólogos cananeos (hebreos comprendidos) acogieron con fervor la reforma monoteísta del faraón Akenatón, que el descubrimiento de otras tablillas en Egipto (Tell Amarna, 1987) permite deducir. El salmo 104 de la Biblia aparece claramente inspirado del inicio al final por el Himno al Sol de Akenatón, quien hizo borrar del frontispicio de todos los templos el plural de la palabra dios : « Tu eres el único. Tú has creado todo lo que existe », decía un himno a Amón del siglo XV a.C.     
En el poema babilonio de la creación se dice : « Si los humanos están divididos en cuanto a los dioses, nosotros, a causa de los nombres con que lo hemos denominado, que sea Él nuestro Dios ».
Ese largo proceso de maduración del monoteísmo que va desde Mesopotamia a Egipto, fue acaparado por la tradición sacerdotal hebraica que reescribió la historia con un espíritu estrechamente etnocéntrico, haciendo de Palestina el centro de la Creación. El Deuteronomio (XII, 5 ; XII, 21 ; XVI, 11) repite hasta la saciedad que Jerusalén « es el lugar en que el Señor ha escogido para poner su nombre », aunque Josué sitúa ese lugar en el monte Ebal (Josué VIII, 30, 35) en Sichem, y Jeremías en Silo (Jeremías VII, 12,14,30).
El cántico XV, 11 del Éxodo pregunta : « ¿Quién es como tú entre los dioses Yahvé ? ». El mismo primer mandamiento del Decálogo no niega la existencia de otros dioses, al contrario, la supone y prohíbe de rendirle culto alguno : « No te prosternarás ante otro Dios, porque el Señor es un dios celoso ».(Éxodo XX, 4-5)

1. H.E. del Medico,  La bible cananéenne découverte dans les textes de Raz Shamra, París, editorial Payot, 1950.
En todas partes domina la idea de la soberanía de dios : el orden social es la imagen del orden cósmico. Las religiones en el curso de la historia de Occidente, fueron las garantes de la correspondencia entre lo profano y lo sagrado. Cuando el propio rey no era Dios, el sacerdote era el administrador de lo sagrado, encargado de ungir a los monarcas. El poderío y la dominación eran los atributos dominantes de ese culto politizado, se tratara de Yahvé -dios de los ejércitos « dando la orden de exterminar a los pueblos rebeldes a aceptar esta religión-, o Zeus, monarca celeste que blandía el rayo para imponer su voluntad absoluta.
Aparte de estas coincidencias literarias que hacen muy difícil sino imposible creer en la historicidad del relato bíblico sobre los orígenes, un segundo problema mayor se plantea por el hecho de que ningún dato arqueológico o documental, coincide con este texto y no permite aportar una confirmación histórica.     
A lo más, la arqueología puede revelar a veces el « contexto » de estos relatos épicos, como la existencia de emigraciones amorritas en el período en que se presume vivían los patriarcas y los vestigios de la destrucción de Hazor, en la época supuesta de la instalación de los hebreos en Palestina. Lo mismo se puede decir de la Ilíada. Las excavaciones arqueológicas han probado la existencia de Troya, su destrucción y la realidad histórica de los pueblos micénicos, pero no nos enseñan nada sobre Príamo o Héctor. ¿ Por qué atribuir entonces a los relatos bíblicos un valor histórico absoluto mientras se considera a los personajes de la Ilíada como pura creación poética ?

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Anterioridad del tema del Justo paciente.

El tema del « Justo que sufre » que se ha asimilado al personaje de Job, está tomado en realidad de leyendas de Mesopotamia (así como el Diluvio), donde lo hallamos en el Poema babilonio de la creación,  compuesto a la gloria de Marduk :
« Cantad a la gloria de Marduk.
Quiero alabar al Señor de la sabiduría...
Marduk, que ha creado la noche y despliega la luz.
Ciclón impetuoso que envuelve todo con su ira,
pero sopla suavemente como la brisa de la mañana.
...Mi dios me ha abandonado...
Mi cabeza, antaño altiva, está hoy inclinada hacia el suelo.
Yo alardeaba como un señor y ahora raso los muros.
...Mis antiguos amigos me evitan...
 Mi familia me trata como si yo no perteneciera a ella.
Todos los días gimo como una paloma
y las lágrimas queman mis mejillas.
Y sin embargo la oración era para mí, sabiduría,
y el sacrificio, mi fe.
Creía estar así al servicio de Dios.
Pero los planes divinos del fondo del abismo, ¿quién puede comprenderlos ?
¿ Dónde aprenderán los hombres cuáles son las vías del Señor ?
¿ Quién sino Marduk es el amo de la Resurrección ?
Vosotros, que fuístes por él modelados con arcilla originaria.
Cantad a la gloria de Marduk.
En mis prosternaciones y oraciones,
volví de la tumba a la luz del levante.
En la Puerta de la Salvación encontré  la salvación,
En la Puerta de la Vida recibí el don de la vida,


En la Puerta del sol Levante,
Formé de nuevo parte del mundo de los vivos ».(1)
Esta imagen precede de varios siglos la leyenda de « Job ». Como el monoteísmo o la promesa divina, tampoco es una exclusividad bíblica... 

La promesa

El tema bíblico del don de la tierra  tiene su origen en la « promesa patriarcal », dirigida por Dios según la tradición del Génesis, a Abraham, a quien dijo : « En ti serán benditas todas las familias de la tierra ».(Génesis XII, 3)
Prolongando las investigaciones de los grandes exégetas modernos publicados entre 1954 y 1971 (Albrecht Alt, Martin Noth, Gerhard von Rad, François Smith y el padre de Vaux) sobre la historia de Israel, Alberto de Pury, profesor de la Universidad Protestante de Ginebra, llega a las conclusiones siguientes en su tesis de dos volúmenes : la mayor parte de los exégetas consideran la promesa patriarcal en su expresión clásica (por ejemplo, Génesis 13, 14-17 o Génesis 15, 18-21), como una legitimación post eventum de la conquista israelita de Palestina, o más concretamente todavía, como la extensión de la soberanía israelita bajo el reino de David. En otros términos, la Promesa habría sido introducida en los relatos patriarcales, con el fin de hacer de esta « epopeya ancestral » un preludio y un anuncio de la edad de oro davídica y salomónica. (2)
Ahora podemos delimitar sumariamente los orígenes de la promesa patriarcal :     
1.- La promesa de la tierra, entendida como una promesa de sedentarización, dirigida en primer lugar a un grupo de nómadas sometidos al régimen de transhumancia, que aspiraban  a establecerse en alguna región habitables. Bajo esta forma, la promesa pudo haber formado parte del patrimonio religioso y narrativo de muchos y diferentes grupos tribales.
2.- La promesa nómade no tenía por objeto la conquista política y militar de una región o país, sino su sedentarización en un territorio limitado.
3.- Inicialmente, la promesa patriarcal de la que nos habla el Génesis, no fue otorgada por Yahvé (el dios que entró en Palestina con el « grupo del Éxodo »), sino por el dios cananeo EL, en una de sus hipóstasis locales. Sólo un dios local nativo y poseedor del territorio, podía acordar la sedentarización en sus tierras a nómadas venidos de lejos.
4.- Más tarde, cuando los clanes nómadas sedentarizados se reagruparon con otras tribus para formar « el pueblo de Israel », las antiguas promesas tomaron una nueva dimensión. El objetivo de sedentarización había sido alcanzado y la promesa tomaba desde ahora un carácter político, militar y « nacional ».
En los países donde viven nómades, uno de los atributos esenciales es la promesa de encontrar la tierra luego de la transhumancia. De esta manera se puede hablar de la
universalidad de los mitos de la « Promesa », en la cual se inscribe la promesa específica


1. R. Labat, A. Caquot y otros, en Las religiones del Cercano Oriente, París, Fayard-Denoel, 1970, pág. 375.
2. A.de Pury, Promesa divina y leyenda cultural en el ciclo de Jacob. París, L. Gabalda y Cia, 1975.



de Canaán.
Si nos referimos sólo al Cercano Oriente y a Mesopotamia pasando por los hititas, todos los pueblos recibieron promesas parecidas.
Como todos los Baals de los pueblos transhumantes, un dios le promete al pastor que a su regreso tendrá la tierra.
Y como todos los otros dioses de la región, le fija las fronteras. La instalación de tribus nómadas o errantes está ligada en todos los pueblos, particularmente en los del Cercano y Medio Oriente, a la dominación de la tierra prometida por un dios.
En Egipto, en la estela de Karnak erigida por Tutmosis III entre 1480 y 1465 a.C., celebrando las victorias acumuladas en la ruta a Gaza, -Megido, Quadesh y Karkemish sobre el Eufrates- el dios declara : « Te asigno por decreto la tierra a todo lo largo y ancho. He venido y te doy la orden de aplastar la tierra de Occidente ».  
En Mesopotamia, en la sexta tablilla del « Poema babilonio de la creación » que ya hemos mencionado, el dios Marduk « fija a cada cual su parcela de terreno » (versículo 46). Y para sellar la Alianza ordena construir Babilonia y su templo.
Entre los dos, los hititas cantan a Arinna, la diosa solar :
« Tú vigilas la seguridad de los cielos y de la tierra
Tú estableces las fronteras del país ».
¡ Si los hebreos no hubiesen recibido tal promesa constituirían una excepción !

                                                                *
                                                              *   *

Un Dios poderoso y milagroso. 

Este dios no es Dios sólo porque ha cumplido su promesa. También recurre a toda clase de milagros. Es así como prueba su divinidad.  Desde el “Éxodo” se nos habla de esto, luego que Dios realizara dos milagros « en favor de los hijos de Israel », y mostrándoles de este modo que era su « esposo de sangre » (Éxodo IV, 26), « el pueblo creyó » (Éxodo IV, 31). 
Durante la huída de Egipto, el Señor tendió la mano y las aguas del Mar Rojo « se hendieron » (Éxodo XIV, 21) para que los hijos de Israel pudieran atravesar a pie; luego la retiró (Éxodo XIV, 29) para que volvieran las aguas « tragándose a los egipcios, sus carros de combate, sus jinetes y al Faraón ».
Disponemos de los informes de los guardafronteras entre Egipto y Canaán en la época del supuesto paso de los hebreos (entre 1220-1200). El menor desplazamiento de un funcionario, de un destacamento militar o de una tribu nómade transhumante está registrado. Pero no existe ninguna huella del paso de los hebreos que nos relata el Éxodo (XII, 51), cuando dice que  Dios «precipitó al Faraón y a su ejército en el mar » (Salmos CXXXVI, 15) y que montados en carros de combate habrían sido tragados por las aguas.
Inexplicable silencio egipcio ante acontecimientos tan prodigiosos : « Este ‘acontecimiento’ no parece haber retenido la atención de los egipcios ».(1) 
La arqueología sólo puede revelar el « contexto » de estos relatos épicos, como la existencia de emigraciones amorritas en la época en que presumiblemente vivieron los patriarcas  y los vestigios de la destrucción de Hazor, en el presunto momento del establecimiento de los
hebreos en Palestina. Esto prueba, y ello es cierto en lo que concierne la Biblia, que las


1. Enciclopedia Universalis, vol. 12, artículo « Palestina », página 429.





tradiciones orales y los mitos reposan en general en una trama histórica real. A menudo la arqueología desmiente las fanfarronerías, por ejemplo las del libro de Josué.
hebreos en Palestina.
 « Josué » se vanagloria de haber derribado las murallas de Jericó y Aï, pero estas ciudades no existían desde hacía mucho tiempo.
Ausencia también de vestigios que atesten el nacimiento de una nueva era de la civilización a la llegada de los hebreos. Kathleen Kenyon, haciendo un balance de las excavaciones arqueológicas constata : «Una de las principales dificultades para establecer la cronología de la entrada de los israelitas, es que nada en sitio alguno permite decir que hay una prueba material de la llegada de un pueblo nuevo » , concluyendo más adelante : « Hay que admitir que los grupos israelitas que llegaron eran fundamentalmente nómades...e  instalándose adoptaron la técnica de los que les habían precedido en este territorio...La cultura palestina...era esencialmente cananea ». (1)
Desde ya en el antiguo credo del Deuteronomio (XXVI, 5 y siguientes) la huída de Egipto constituye el centro del drama alrededor del cual se agrupan los hechos históricos enumerados. De igual modo en Josué (XXIV, 2 y siguientes), salvo que el acontecimiento indicado como « signo y milagro ». En el Deuteronomio XXVI se precisa : se trata de la defensa frente al ejército egipcio ante el cual Israel se encontraba en una situación sin salida.
El recuerdo de un acto guerrero de Yahvé -la lucha contra los egipcios y el aniquilamiento de éstos en el « mar de las cañas »- tiene un contenido claro y en todo caso es la más antigua narración sobre la huida de Egipto.
El relato bíblico tradicional expone este acontecimiento como una sucesión compleja de milagros variados : una columna de humo y nube se interponen entre los dos ejércitos y los separa (Éxodo XIV, 20) ; las ruedas de los carros de combate enemigos son bloqueadas misteriosamente por Yahvé (Éxodo XIV, 25) ; el ejército egipcio se hunde en el desorden (Éxodo XIV, 25) ; Moisés con su vara separa las aguas del mar (Éxodo XIV, 16), etc. Podemos seguir en la tradición el crescendo de un relato maravilloso. Si según la leyenda, un « violento viento del este » abrió un camino a través de la laguna (Éxodo XIV, 21), según el versículo 22, las aguas habrían formado dos murallas protectoras a cada lado de los fugitivos. El Salmo CXIV, 3, dice que el mar « huyó », dejando a Israel asistir pasivamente al fenómeno -« y vosotros guardaréis silencio »-, separando la manifestación personal de la gloria de Yahvé (Éxodo XIV, 14) de toda sinergía humana, e insistiendo para terminar, en la fe de Israel. La narración deja traslucir una reflexión teológica considerable sobre este acontecimiento. El hecho sobrepasa ampliamente un simple hecho de armas. El cántico del mar habla del pueblo que Yahvé ha « adquirido » (Éxodo XV, 16 y Salmos LXXIV, 2). Pero sobre todo hay que recalcar aquí la noción de « liberación, de redención » alcanzada fuera de Egipto, que posteriormente llegará a ser una noción dominante.
Desde entonces « el pueblo creyó en el Señor » (Éxodo XIV, 31). En Jericó, siete murallas fueron derribadas por otros tantos ruidos de trompetas. Convencidos gracias a este milagro, los israelitas exterminaron a sus habitantes, excepto a Rabah, la prostituta que albergó a los 


1. Kathleen Kenyon, Amorritas y Cananeos, The Schweich Lectures of the British Academy (1963), Oxford University Press, 1966, pág. 5.




los espías israelitas (Josué VI, 25), siendo luego adoptada por la tribu de Israel. Otro día Dios detuvo al sol y a la luna, permitiendo a sus « elegidos » masacrar a los habitantes de Gabaón  (Josué XIV, 13) « hasta que no quede ningún sobreviviente » (Josué X, 32). La estadía de cuarenta años en el desierto de miles de « elegidos liberados », planteaba problemas de abastecimiento, pero el rocío subió de la tierra y « codornices cayeron del cielo »(Éxodo XVI, 13).
Promesa y poderío. De ahí nace una concepción de la historia forjada durante años por  « los griots », que alababan las victorias de un dios más poderoso que el de las otras tribus. Los profetas explicaban que los acontecimientos  trágicos correspondían a un plan concebido por Dios y cuando otros pueblos perseguían y vencían a las tribus israelitas, la culpa era consecuencia de la infidelidad y desobediencia de éstas últimas a su dios.
Desde este punto de vista, todos los gobernantes del Cercano Oriente sirvieron de instrumento para la realización del plan de Yahvé. El poderoso y despiadado rey de Asiria, es llamado « el látigo de mi cólera, el palo que levanto en mi furor »(Ésaie X, 5). Luego el rey babilonio Nabucodonosor actúa también en el drama : « Entrego todas las tierras a Nabucodonosor, rey de Babilonia...Todas las naciones lo servirán...Castigaré con mi espada, con el hambre y la peste al pueblo o al reino que no lo sirva »(Jeremías XXVII, 6,7,8,9). Ciro el rey de los persas aparece como un fiel ejecutante, protegido de Yahvé : « Yo te he honorado antes que me conocieras, para que desde Oriente a Poniente se sepa que nada hay fuera de mí » (Isaías XLV, 4,5), además de : « Soy yo quien ha ayudado a Ciro y le ha allanado todos los caminos, porque él recontruirá mi ciudad y hará volver a los cautivos » (Ésaie XLV, 13).              
Las victorias y exterminios de Moisés y Josué, hacen de Israel y del estado sionista que pretende ser su heredero, un pueblo diferente a todos los otros. Este tema, el tema del « pueblo elegido », conduce inexorablemente a rechazar a su semejante. Esto se constata a veces en el plano de las relaciones humanas, pero sobre todo en las relaciones internacionales. Es así como el estado de Israel, ha podido rehusar en nombre de esta supremacía de origen divino, más de doscientas decisiones unánimes de las Naciones Unidas -que son sólo normas humanas-, además de las demandas de los palestinos.
En el plano personal, la pertenencia a esta etnia particular otorgaría hasta al más mediocre de sus miembros, un estatuto especial o blasones propios, como lo escribe impúnemente Élie Wiesel ( ¡premio Nóbel !), quien osa afirmar : « El judío está más cerca de la humanidad que cualquier otro hombre » (1). Se inculca un Breviario del odio, título del libro de uno de esos « superhombres », que nos incita a escupir sobre la tumba de todos los otros pueblos, tal como el norteamericano Goldhagen, que asimila todo alemán a un nazi (2); o Bernard Henry Lévy, quien como conclusión anota : « Toda la cultura francesa (de Voltaire à Péguy)...atestigua de lo antiguo de nuestra abyección », señalando a Francia como « la patria del nacional-socialismo »(3).


1. E. Wiesel, Celebración talmúdica, París, editorial du Seuil, 1990.
2. D. Goldhagen, Verdugos Voluntarios de Hitler, París.
 3. B.H. Lévy, Ideología francesa, pág. 61.








Las consecuencias históricas del mito del « pueblo elegido ». 

Esta concepción de la monarquía absoluta -en primer lugar aquella de Dios y su consecuencia, los Reyes « ungidos » por Dios- implica un exclusivismo radical e incluso una xenofobia divina. En la concepción idólatra y tribal de los primeros hebreos, Yahvé es un dios « celoso ». En esta religión, politeísta al origen, Yahvé es el más poderoso de los dioses. Él otorga la victoria a las tribus que protege, a las que ha designado como « pueblo elegido », imponiéndoles el derecho e incluso el deber de exterminar a todos los que no comparten la fe en este Dios.
La noción de « pueblo elegido » ha hecho correr mucha sangre en la historia. Ilustrada por las hazañas legendarias de Josué, esta noción inspiró a los puritanos de Inglaterra que llegaron a América del Norte y trataron a los indios como antaño los hebreos lo habían hecho con los amalecitas. Ella le confirió también al Papa el derecho de decidir si los indios tenían o no un alma y repartir sus tierras entre españoles y portugueses. En realidad esta noción está a la base de toda colonización. La Iglesia paulina de Roma habiéndose declarado heredera de esta «elección divina », llamará  « evangelización » (como el Papa en Santo Domingo en 1992) a la expoliación y matanza de millones de indios. El mismo Papa, esta vez en Santiago de Compostela, hizo el elogio de Europa (cristiana por supuesto) por su « papel civilizador » en el mundo. En nombre del principio de « elección divina », los EEUU primero llevaron a cabo una política de colonización y de sometimiento universal a sus leyes, so pretexto de que dispondrían de un supuesto « destino manifiesto » como nuevo « pueblo elegido ».
En 1620, un grupo de emigrantes calvinistas ingleses huyó de las persecuciones y desembarcó en Massachussetts. Consideraron entonces que su vocación era la de crear una « nueva tierra ». Aquellos colonos, que dos siglos después fundarían los EEUU, se enraizaron en un país que no tenía historia afirmándose en un mito : su partida de Inglaterra había sido un nuevo « éxodo » bíblico.
América del Norte era la « tierra prometida » para edificar el Reino de Dios. Para justificar la expulsión y la usurpación de las tierras de los indígenas invocaron esta misión divina, según el precedente bíblico sentado por Josué durante sus exterminios sagrados : « Es evidente -escribe uno de ellos- que Dios llama a los colonos a hacer la guerra...Los indios como probablemente las antiguas tribus de amalecitas y filisteos, que se coaligaron con otras tribus contra Israel ».(Truman Nelson, « The puritans of Massachusetts : Fron Egypt to the Promise Land »,  Judaïsme, vol. XVI, 2, 1967).
La « tierra prometida » fue desde entonces una tierra conquistada. La expoliación y las matanzas no estaban en contradicción con su concepción religiosa, porque el enriquecimiento y la victoria eran para ellos una prueba de la bendición divina.
En los años 1640-1650, los legisladores de Connecticut (escribe Tocqueville) dictaron una ley sacada de los « libros sagrados » : « Quien adore a otro Dios que al Señor será ejecutado ». Cuando fue proclamada la independencia de EEUU, el Padre Fundador George Washington, en su discurso inaugural como presidente de EEUU, enunció la fórmula de lo que iba a llegar a ser el principio director de la política norteamericana hasta nuestros días : « Ningún pueblo como los EEUU tiene la obligación de agradecer y adorar tanto la mano invisible que guía los asuntos de los hombres. Cada paso que nos ha hecho avanzar en la vía de la independencia nacional, parece llevar la marca de la intervención providencial ». 
La « mano invisible » es la expresión inventada por Adam Smith para coronar su teoría económica : si cada individuo persigue su interés personal, el interés general se realizará. Una « mano invisible » realizaría esta armonía.
Washington vió en esta  mano invisible « la intervención providencial » de Dios, al mismo tiempo que la ley fundamental de la armonía entre los intereses individuales y el interés general.
Su sucesor, John Adams, escribió en 1765 : « No ceso de considerar la fundación de América como un plan de la Providencia concebido con vistas a esclarecer y emancipar a la porción de humanidad que todavía se encuentra reducida a la esclavitud ». Y el escritor Herman Melville decía por su parte : « Nosotros los norteamericanos somos un pueblo particular, un pueblo elegido, el Israel de nuestro tiempo; nosotros portamos el arca de las  libertades » (America as a civilization, página 893). 
Es significativo que hasta hoy se evoque esta profesión de fe y su primer autor. En cada dólar están impresos el rostro de Washington y a su lado una divisa inesperada en un billete de banco : « In god we trust » (« Confiamos en Dios »).
Será desde entonces una constante de la política del nuevo « pueblo elegido » : Dios y el dólar, las dos tetas del poder.
John Adams, sucesor de Washington a la presidencia de los EEUU declaró : « América fue creada por la Providencia para que fuera el teatro donde el hombre pudiera alcanzar su propia estatura ». (Autobiografía, Tomo I, página 282).
Los primeros teóricos de la Confederación, como el reverendo Dana, no cesan de subrayar la filiación divina del nuevo estado : « La única forma de gobierno expresamente instituido por la Providencia fue aquel de los hebreos. Era una república confederal con Jehová a la cabeza ». (Dana Sermons, página 17)   
El tercer presidente de los EEUU, Tomás Jefferson, proclamó a su vez que su pueblo era « el pueblo elegido por Dios », (Notas sobre el estado de Virginia, Sección XIX).
Como el presidente Nixon que dos siglos después dirá : « Dios está con Norteamérica. Dios quiere que ella dirija el mundo ».
El mismo argumento será esgrimido por todos los presidentes norteamericanos para justificar sus acciones depredadoras.
La contradicción entre la profesión de fe y la práctica real es una constante de la política estadounidense. El presidente Mac Kinley se lanzó a la conquista de Filipinas para « educarlos, civilizarlos y cristianizarlos ».

b) El mito del « milagro griego ».

Si rehusamos considerar a Occidente como una entidad geográfica, pero si lo observamos como una suerte de estado de espíritu orientado hacia la dominación de la naturaleza y del hombre, tal visión del mundo, remonta a la primera civilización conocida, aquella que nació en Mesopotamia en el delta del Tigris y del Eufrates.
Egipto es otra fuente de nuestra civilización cuyos gérmenes se enlazan y se unen en Fenicia
y Creta. Los filósofos e historiadores griegos sentían una profunda admiración por Egipto y la concepción dualista de Platón le debe mucho. Platón soñaba con un estado que gozara de estabilidad política porque vivía en una democracia en plena decadencia. Egipto era su modelo e inspiró poderosamente a la civilización  griega.
Si se compara el arte griego del siglo VI a.J.C. -anterior a la época clásica-  con el arte egipcio, se constata que la estatuaria griega tomaba mucho de Egipto. Esta similitud se halla también presente en la filosofía y en el ámbito político.
En suma, la visión del mundo que llamamos occidental, data de hace más de 3 000 años antes de nuestra era. Existía fuera de Europa, en Egipto y Mesopotamia.
La ruptura de Occidente con sus fuentes orientales condujo a un empobrecimiento del hombre. El contraste se reveló brutal en relación a la visión oriental del mundo, que une el amor a la naturaleza con la piedad hacia los hombres y rechaza el individualismo ilusorio, tratando de fundirse con la naturaleza.
Con su dualismo, su individualismo y su racionalismo unidimensional, el Occidente solitario, esta pequeña península de Asia atrincherada entre los Urales y el borde del Mediterráneo, aparece como una desgraciada excepción en la epopeya humana iniciada hace tres millones de años en África, que se prosiguió durante sesenta siglos en todos los continentes, hasta que en la época del Renacimiento occidental -gracias a la posesión de armas mucho más destructoras que las precedentes- Europa sojuzgará y dominará el mundo, ahogando a todas las demás culturas.
No significa de ninguna manera disminuir la importancia de la cultura griega,  recordar que ella no nació gracias a un milagro y tampoco mengua su esplendor si evocamos sus fuentes orientales y africanas.
Podemos definir como características específicas de la cultura griega, la supremacía del concepto y de la razón abstracta y el papel creciente de los individuos y del individualismo.
Los sofistas, que exaltaban al individuo, utilizaban la manipulación del concepto como instrumento de poderío de éste. Calícles y Trasímaco según Platón, profesaban que para el individuo, la más alta afirmación del hombre era tener las pasiones más vehementes posibles y una inteligencia capaz de darle los medios de satisfacerlas.
La primacía del individuo y la hegemonía del concepto son las constantes de la concepción occidental del mundo. Desde Protágoras, que piensa que « el hombre es la medida de todo », hasta el « pienso » de Descartes y su ambición de hacernos mediante el concepto, « amos y poseedores de la naturaleza » .   
Nietzsche afirma que la decadencia comienza con Eurípides. Con Sócrates -« ese hombre anormal », dice Nietzsche-, aparece el « pequeño yo » y su racionalismo, que reduce al hombre a una dimensión : el pensamiento conceptual. Así nació el hombre unidimensional.
¿ Cómo establecer un régimen social con un agregado de átomos de individuos ? Entonces se comenzó a soñar con tiranías poderosas. En sus utopías, en la República y en Las Leyes,
Platón busca reencontrar la estabilidad egipcia. Trata de inculcar sus teorías al tirano de Siracusa que pretende ser filósofo. La tiranía está en la lógica de la evolución política del platonismo.
Con la decadencia del sistema de las ciudades griegas, todo terminó casi como Platón lo había soñado.
Un ejemplo típico de la exaltación de Occidente por la historia oficial, que falsea la perspectiva de la historia universal e inculca a los niños esquemas que subentienden y condicionan sus opiniones políticas actuales,  (por ejemplo frente al capitalismo y al socialismo o las guerras coloniales), es el mito de Maratón (como el mito de la batalla de Poitiers entre Carlos Martel y tropas árabes). En los dos casos se ha querido hacer de estas batallas (en las extremidades de Europa), el símbolo de la victoria de la civilización occidental sobre los « bárbaros ».
Para desmistificar Maratón (1), basta con abstenerse de repetir el relato de Heródoto que ve la historia bajo el prisma griego. Napoleón, que alguna experiencia tenía en materia de batallas, tuvo una prudencia que le pena a nuestros helenistas. El Memorial de Santa Helena (ediciones Pléiade I, 183-184) nos informa que al respecto decía : « No creía en los millones
de hombres de Darío y Jerjes que habrían invadido toda Grecia...Dudaba incluso de toda esta brillante parte de la historia de Grecia ; no veía en el resultado de esta famosa guerra


1. Ver el libro de Amir Mehdi Badi, Les Grecs et les Barbares, editorial payot, 1963.

médica, nada más que acciones indecisas donde cada uno se atribuía la victoria ; Jerjes regresa victorioso luego de haber tomado, incendiado y destruido Atenas ; y los griegos exaltaron su propia victoria al no haber sucumbido en Salamina. En cuanto a los detalles pomposos de las victorias de los griegos y de sus innumerables enemigos, no hay que olvidar decía el emperador, que son los griegos que lo afirman, y estos detalles eran vanos, hiperbólicos y ninguna crónica de Persia nunca los ha probado como para poder asegurar nuestro juicio con un debate contradictorio ».    
Por el contrario, es posible hallar en manuales de historia y enciclopedias, una simple copia de la narración de Heródoto, aunque Plutarco ya nos había puesto en guardia contra la « malignidad de Heródoto », a quien acusaba de utilizar su elocuencia para magnificar y amplificar los gestos de los bárbaros, « con el fin de adular a los atenienses para obtener una gran suma de denarios » .      
En el caso particular de Maratón, el acontecimiento estaba tan lejos de su leyenda que Tucídides le consagra sólo dos líneas : « Poco después del derrocamiento de los tiranos en Grecia, los atenienses combatieron en Maratón contra los medos ». (Guerra del Peloponeso, I, 18).
El propio relato de Heródoto nos permite considerar este episodio de modo más razonable. El
conflicto fue desencadenado por los atenienses. Hipias, hijo del ex tirano Pisístrato había encontrado refugio en Persia y Heródoto (V, 96-97) nos describe sus intrigas ante Artafernos, tratándolo de convencer de invadir Grecia para restaurar en Atenas la dominación de los aristócratas. Los persas se dejaron convencer, como los príncipes alemanes por los exiliados de Coblenza dos mil años más tarde cuando se produjo la invasión de Francia.
Una flota persa bajo el mando del almirante Datis comenzó la campaña de los medos e Hipias formó parte de la expedición, a la vez que trataba de organizar una sublevación en Atenas. « Hipias, hijo de Pisístrato condujo a los persas a Maratón », escribe Heródoto(VI, 94-107). Pero cuando el desembarco se realizó, los persas constataron que su « Quisling » Hipias era incapaz de cumplir sus promesas y soliviantar al pueblo ateniense. Empezaron entonces a reembarcar en sus navíos, comenzando por la caballería. Fue el momento escogido por el general ateniense Miltíades, para lanzar la infantería de hoplitas y la caballería griega contra los soldados persas que defendían la retaguardia y el reembarque. Venciendo en el centro de la batalla, los persas fueron derrotados por los dos flancos, logrando sin embargo zarpar rumbo a Atenas, para cerciorarse si los aristócratas habían logrado provocar un levantamiento, luego regresaron a su país con el botín obtenido en las polis griegas que habían derrotado.
¿Cuál es la significación de estos hechos ?  ¿ Es verdad que el David griego aplastó al Goliat persa ? De ninguna manera. Un siglo después de Maratón, en 386 a.J.C., el gobernador persa de Jonia, Tiribazo, dictó en nombre de su Gran Rey, la Paz del Rey a los delegados de Esparta, Atenas, Corinto, Argos y Tebas. Jenofonte en  Las Helénicas (libro V, capítulo 1, página 30 y siguientes) anota : « Cuando Tiribazo invitó a presentarse a aquellos que querían conocer las condiciones de paz enviadas por el rey, todos los griegos se dieron prisa por acudir. Cuando estuvieron reunidos, Tiribazo les mostró el sello del Gran Rey y leyó su carta. He aquí lo que decía : ‘El rey Artajerjes piensa que es justo que las ciudades de Asia sean suyas...y que se otorgue la independencia  a las otras polis griegas, pequeñas  o grandes, a excepción de Lemnos, Imbros y Skyros, las que quedarán como antaño en las manos de los atenienses. Si los partidarios de uno de los partidos en pugna no aceptan la paz, les haré la guerra junto a  los que la acepten, por tierra y mar con mi flota y mis recursos’.
Habiendo escuchado estas condiciones, los representantes informaron a sus polis respectivas. Todos juraron ratificarlas ».       
 Con esto queda claro el estado de la correlación de fuerzas entre griegos y persas. Isócrates, un acérrimo enemigo de estos últimos, comenta así la proposición persa : « Ahora es él (el bárbaro) quien decide de los asuntos de los griegos, ordenando lo que debe hacer cada cual, absteniéndose sólo de designar a los gobernadores de las polis... ¿ Nos inclinaremos ante él como ante un amo y nos acusaremos mutuamente ? ¿ Lo llamamos Gran Rey, como si fuéramos sus vasallos ? » (Panegírico, página 120-121).
Los hechos son situados así en sus justas proporciones, ¿ es cierto que de Maratón a la Paz del Rey, la civilización occidental hizo frente a la « barbarie » ?
En el plano artístico, la máscara femenina de Warka precede de 2 500 años a la Atenea de Fidias y no es menos bella. En el museo de Louvre  se pueden comparar las coré griegas con la estatua de Napir-Asu, anterior esta última de seis siglos.
Del punto de vista religioso, la Grecia de Miltíades y de Temístocles eran y lo siguieron siendo durante años, politeístas, en circunstancias que Persia ya había abrazado el monoteísmo de la religión mazdeísta del profeta Zaratustra, cuya grandeza llena las más bellas páginas del libro sagrado, el Avesta.    
Del punto de vista moral es útil recordar un extraño contraste. Esquilo nos muestra a los griegos luego de la victoria naval de Salamina, encarnizándose con los náufragos persas que trataban de alcanzar la costa nadando y masacrándolos a remazos, « como atunes ».
En circunstancias que los griegos expulsados de su país, incluso aquellos que habían sido los peores enemigos de los persas, fueron acogidos como huéspedes : Miltíades, el vencedor de Maratón había vivido en Persia ; Temístocles el vencedor de Salamina enviado al ostracismo por los atenienses, encontró refugio y paz en la corte del hijo de Jerjes. El Rey le dió tierras en Anatolia donde murió apaciblemente. Pausanias el vencedor de Platea, propuso a Jerjes casarse con su hija y someter a Grecia ; Jenofonte, el autor de Anabasis, sirvió en el ejército de Ciro el joven ; Alcibíades, el discípulo bienamado de Sócrates y pupilo de Pericles, llegó a ser el huésped de Tisafernes y acabó sus días en la satrapía de Farnabazo.
Finalmente, desde el punto de vista político, se ha presentado a Maratón como el  triunfo de la « democracia occidental » sobre el « despotismo asiático », proyectando hacia el pasado categorías políticas actuales. Incluso algunos eminentes especialistas se han dejado llevar a ese terreno, profiriendo extrañas apologías que desmienten sus propios trabajos, cuando  se alejan de la propaganda occidental y vuelven al detalle de los hechos. He aquí un ejemplo. El helenista François Chamoux en su bello libro sobre La Civilización Griega, habla así en un arrebato lírico (página 100) : «Asia, cuya riqueza, grandeza y poderío conocían -fundados en la sumisión de masas de hombres a los caprichos de un monarca absoluto-, los griegos defendieron con las armas en la mano el ideal jurídico de la polis compuesta por hombres libres...no combatieron sólo por ellos, sino también por una concepción del mundo que debía llegar a ser más tarde el bien común de Occidente ».
Este lirismo chovinista occidental está contradicho desde que se analiza el « ideal jurídico de la polis compuesta por hombres libres », la cual, nos informa el mismo autor (página 272), estaba formada por cerca de 40 000 ciudadanos sobre un total de 300 000 personas, entre las que había tres categorías : 110 000 esclavos, 40 000 familias de metecos, y las mujeres, que estaban desprovistas de todo derecho. El verdadero nombre de esta « democracia » debería ser el de « oligarquía esclavista ». A menos que se admita que un régimen puede llamarse « democracia », olvidando y acomodándose con la esclavitud. La inversión y manipulación de este vocabulario presenta hoy en día un interés político evidente.
Agreguemos que la misma obra nos explica cómo la victoria de Maratón tuvo como consecuencia, que Atenas deviniera hegemónica. Ésta transformó en imperio ateniense la antigua confederación de las polis griegas, apoderándose además de las arcas de Delos. Se nos dice que Pericles (p. 110), « fue conducido a la doctrina del imperialismo y sus compatriotas se acomodaron a él bastante bien ». Esta obra no es en ningún caso una excepción. La historia que se enseña en Occidente acostumbra desde su infancia a los occidentales, a considerar que una democracia se puede acomodar muy bien con la explotación esclavista y colonial y la explotación « imperialista », como en la época de la Grecia clásica.   

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                                                           *     *

La mejor introducción para una reflexión sobre la historia oficial de Europa es tal vez la de Paul Valéry en su Miradas sobre el mundo actual, puesto que la trama ideológica esencial sobre la cual está tejida es :
a-  el prejuicio etnocéntrico de una Europa considerada como la única civilización creadora de valores y la sola capaz de iniciativa histórica, postulado que en nuestros días ha sido adoptado por el amo norteamericano, por el cual Europa no ha cesado de prostituirse desde hace cincuenta años;
b-   el prejuicio según el cual la superioridad de dicha civilización derivaría del hecho que Europa es la heredera del expansionismo judío y del « milagro griego », antes de desarrollarse en la organización romana.

Proponiendo modelos de « grandeza » como esos, se busca fabricar una cultura destinada a la juventud. Esos modelos quedarán como vestigios lejanos,  pero entregándoles un fondo antico donde están las opciones políticas de los políticos y tecnócratas actuales.
Como lo sugiere Valéry, consideremos las fuentes de nuestra historia originaria, Atenas, ancestro del mito democrático detrás del cual se disimulan nuestras dictaduras oligárquicas.
Atenas, modelo del pensamiento del arte de la política, literatura, expresión por excelencia del « milagro griego », gracias al cual se han fabricado tantas generaciones de políticos peligrosos y mediocres. En las « repúblicas modernas », a la Atenas de Pericles se le llama « madre de las democracias ».    
El retrato de Pericles escrito por Tucídides y repetido en nuestros manuales escolares es tradicional,  porque la Grecia del siglo de Pericles es la « madre de las democracias ». Sin embargo, Tucídides, que hizo el elogio de Pericles y de su política, nos revela el verdadero significado de esta democracia. En la época de su apogeo, en Grecia había como hemos dicho, 40 000 ciudadanos libres, que disponían del derecho a voto y 110 000 esclavos que no tenían derecho alguno. Por otra parte, la « élite »de los « ciudadanos » disponían del poder de manera aparente, como una prueba o coartada de democracia. Tucídides escribe : « El pueblo era teóricamente soberano, pero de hecho el estado estaba gobernado por el primero de los ciudadanos, Pericles ». Dictadura es el verdadero nombre de tal régimen.
Pericles impuso la Liga de Delos y todas las ciudades debieron poner a su disposición sus flotas para enfrentar a los persas. Las polis que no podían proporcionar un contingente naval
se comprometían a versar un tributo. Los fondos federales estaban en Delos, en el corazón de las Cícladas, en el santuario de Apolo, su protector, y eran administrados por funcionarios atenienses. Pero este control fue considerado como insuficiente por Pericles en 454 a.J.C. y exigió el  transferimiento del « tesoro federal » a Atenas, aprovechando de ejercer sobre sus « aliados » una dominación colonial y ocupando sus territorios con guarniciones militares. Así, ejerció el control político directo en cada polis de la Liga, reservando los puestos políticos dirigentes a sus partidarios e imponiendo una moneda única, el « ática ». El imperialismo político iba acompañado del imperialismo económico, lo que permitió financiar « grandes trabajos » de arquitectura y escultura en Atenas.
Esta política constante de guerra y dominación por parte de Pericles, que con ironía Aristófanes llamaba « olímpica », suscitó el severo juicio ulterior de Sócrates y Platón (Gorgias 515, C), sobre sus consecuencias morales. Pericles « compraba » a sus partidarios con « puestos públicos » más o menos ficticios, explotaba a sus « aliados », transformando a los atenienses en frívolos y ávidos de dinero.
En el Gorgias, Sócrates le dice al sofista Calícales : « Tú halagas a hombres que han adulado a los atenienses dándoles todo lo que deseaban. Se dice que han engrandecido a Atenas, pero dicha grandeza es sólo un abceso malsano. Nuestros grandes hombres, sin preocuparse de la prudencia ni de la justicia, han llenado la ciudad de puertos, arsenales, muros y otras tonterías ; cuando sobrevenga un acceso de debilidad  se acusará a aquellos que estarán ahí prodigando consejos, pero se celebrará a Temístocles, Cimón y Pericles, de donde viene todo el mal ». (Gorgias 518c-519c)         
 En efecto, esta política condujo al desastre. Luego de las provocaciones de Pericles que condujeron a la asfixia económica de Corinto, Potidea y otras ciudades, Esparta intervino y se desencadenó una guerra que duraría veintisiete años (431-404). Pericles decidió hacer una política de tierra arrasada abandonando todo el campo alrededor de Atenas y dejando a los Espartanos la mitad de la población del Ática. Los agricultores debieron dejar su modo de vida y sus  tierras, abandonándolas al pillaje y destrucción. Después de la invasión de los espartanos llegó la peste, causando la muerte de un tercio de la población, debido a la concentración urbana de los desplazados del campo, que acampaban en los sitios eriazos de Atenas. La guerra terminó en 404 con la derrota de Atenas. En el otoño de 429 a.C., Pericles murió. Ese fue el siglo de Pericles : el de la guerra permanente, el de la opresión de los aliados, en circunstancias que se habla de él como si hubiera sido el arquitecto del Partenón o el escultor de la Venus de Milo. « La historia » olvida que en las grandes obras de ese siglo, Pericles tuvo también el mérito de utilizar el pillaje y la expoliación de las polis soberanas con fines personales. « Tenemos que preservar nuestro imperio -decía Pericles según Tucídides- y evitar la amenaza que pesa sobre nosotros debido al odio suscitado por nuestra dominación. Es normal que el odio lo susciten los que han querido dominar a otros pueblos...puesto que reinan de esta manera como los tiranos ».       
Cleón y Alcibíades fueron sus herederos, dice Platón. Podemos agregar que también son sus herederos (pero sin su inteligencia) Reagan, Bush y su vasallos europeos.

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Lo que hemos dicho no implica subestimar el arte griego, sino su orientación carente de inspiración espiritual.
Cuando admiramos el Partenón no experimentamos ninguna emoción de tipo religioso (aunque éste fue el objetivo del monumento), sino un  goce únicamente intelectual, por el refinamiento geométrico de la columnata, que da la impresión que su volumen disminuye a medida que nos alejamos.
Cuando contemplo sus estatuas (la mayor parte de ellas son copias romanas que acentúan el realismo visual), incluso si se trata de originales perfectos, frente al Diadumeno de Policleto por ejemplo -cuya anatomía sirvió de modelo la escultura griega, siendo el « canon » de la belleza plástica-, no me asalta el sentimiento y la conmoción por un esplendor que sobrepasa lo que mis ojos pueden ver. En cambio, Los Esclavos Encadenados de Miguel Angel proyectan alrededor de ellos algo más de lo que veo, comunicando una vibración indescriptible a todo mi ser.
Hay por cierto excepciones, pero son las excepciones de ese clasicismo glacial de la belleza, precisamente porque escapan a los « cánones », a las reglas intelectuales que norman lo inmutable, como en  La Ilíada, en la cual la expresión suprema de la grandeza espiritual del hombre está representada por el enemigo vencido -Héctor-, o en los «Persas », donde el sentido profundo de la victoria se manifiesta en el dolor de las viudas persas, como Antígona de Sófocles que defiende las « leyes no escritas » de la consciencia contra el orden policial de Creonte.
Pero repítamoslo, se trata de una espiritualidad que se eleva por encima de la racionalidad implacable  de las jerarquías institucionalizadas, como la ironía indomable de Aristófanes que en su comedia Pluto, osa poner al desnudo la venalidad y la ambición de los atenienses, corroídos por el apetito de dinero y poder existentes en el régimen de Pericles.
En filosofía, Platón y Aristóteles nos enseñan, uno, el dualismo radical de la inteligencia y de lo sensible, que tiene como consecuencia la oposición entre el hombre y Dios, del hombre y la naturaleza ; el otro, el cuadriculado carcelario de conceptos y categorías jerarquizadas en en la naturaleza como en la sociedad. Es decir, todos los fundamentos de una filosofía del SER y la teología de la dominación que implica, que será la doctrina oficial de la Iglesia luego de varios siglos de escolástica.
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« Occidente » y su Iglesia (no podemos separarlo de la historia de la Iglesia porque hasta el siglo XVIII se identificó con la « cristiandad » y nunca ha habido otra definición posible hasta mediados del siglo XIX, cuando se identificó con el « mercado »), asume así la herencia de todos los mitos del sincretismo religioso hebreo.(1)




1. La asimilación de la mítica « racionalidad » griega será un injerto de las enseñanzas de San Pablo y triunfará en Nicea (325), la adopción de las tradiciones de la dominación romana será efectiva después de la invasión de Roma (410) y el hundimiento del Imperio. Trataremos el tema grecorromano de la definición de « Occidente », en los capítulos consagrados a San Pablo y a « Occidente » después de Nicea.




 c) El mito latino y la tradición judeo-cristiana (occidental)    

Se acostumbra a hablar de una Europa occidental y cristiana. Pero, ¿de qué cristianismo se trata ? Desde los primeros siglos ha sido adulterado por el pensamiento griego.
En 1906 fue publicado el libro del padre Laberthonnière titulado : Idealismo griego y realismo cristiano, curiosamente fue reeditado en vísperas de 1968. Por primera vez el cristianismo se encontraba disociado de la tradición griega, que hizo lo que Nietzsche llamó con justo desprecio, « platonismo para el pueblo ».
Hoy nos damos cuenta (1) que el aspecto originario del cristianismo es oriental. Pretendiendo meter en el molde del pensamiento griego una concepción de la vida profundamente alejada del helenismo, se introdujo en Occidente un cristianismo que en el plano intelectual, teórico, fue completamente trastocado por el dualismo y el idealismo griego, y su organización, radicalmente transformada por las estructuras del imperio romano.
En el cristianismo es posible hallar ciertos rasgos orientales que han resurgido con Joaquín de Flora por ejemplo (que conoció durante sus viajes en el Oriente Próximo, la filosofía « profética » de los persas, antes de construir su propia utopía profética, punto de partida del mesianismo revolucionario en Europa), o con San Juan de la Cruz, cuya mística es tan cercana a aquella de los sufíes musulmanes, a los que conoció gracias a las traducciones latinas de la Universidad de Salamanca. O más todavía, con maître Eckhardt.
Pero el cristianismo institucional que dió forma a la cristiandad desde el emperador Constantino hasta nuestros días, está pervertido por el pensamiento griego y la organización romana. Pervertido por Occidente.
La organización jerárquica reserva al Papa el viejo nombre romano de Pontifex Maximus. El imperio romano sirvió de molde a la institución.
La tradición constantiniana de la Iglesia está a contracorriente de la tradición apocalíptica antirromana, aquella del cristianismo originario, del que el Cardenal Danielou ( Nueva Historia de la Iglesia, tomo I) llamaba sistemáticamente, « cristianismo asiático ».
Luego de la muerte de Alejandro, Roma heredó los grandes proyectos imperiales. Por primera vez  Occidente fue cercado con  marcas  romanas. Roma asimiló la cultura griega pero implantó su propia organización y ejército.
Como si Occidente fuera el centro del mundo se hablaba de ecúmene, mientras que en los confines vivían pueblos inmensos que jugaban un papel destacado y creaban. Pueblos sobre los cuales nadie sabía nada, a excepción de los especialistas.
Durante cinco siglos la tiranía romana dominó el mundo.
En un ecúmene de veinte millones de habitantes, los ciudadanos romanos eran sólo  
¡ 200 000 ! ¡ Es eso lo que todavía se llama «  República Romana ! ». La inmensidad, la centralización y la burocratización del Imperio Romano provocaron su caída. Diversas revueltas e  insurrecciones, como la de los esclavos conducidos por Espartaco, de los pueblos del Latium, aliados de Roma, de diversos pueblos oprimidos. La insurrección de Sertorius en España y de Mitrídates en Asia, además del peligro que representaban los piratas de Cilicia para los navíos que surcaban el Mediterráneo, destruyeron poco a poco los tentáculos del monstruo que devino extremadamente frágil


1. Ver al respecto el manifiesto publicado por veintidós teólogos del Tercer Mundo reunidos en Dar es Salam el 12/08/1976, recordando que « el cristianismo nació en Asia y llegó a África antes de difundirse en Europa ».




Desde el advenimiento del cristianismo hasta lo que se designó con el falso nombre de « humanidades », se consideró al latín  como la piedra angular de la cultura del hombre occidental. Sin embargo en el ámbito cultural, los romanos son el único pueblo de la Antigüedad que no nos ha aportado nada.
El latín fue durante mucho tiempo la lengua de los clérigos y sobre todo, la lengua de los servidores del orden establecido. ¡ Nada mejor que los discursos de Cicerón y la « Historia Romana » de Tito Livio para fabricar buenos conservadores ! No me opongo a la enseñanza del latín, pero como en el Colegio de Francia, tal cual se hace con el sánscrito, no se debería enseñar como una disciplina de base de la enseñaza « clásica », más aún cuando no se imparte en los liceos a los educandos, una iniciación adecuada sobre las culturas de India, China, Africa y sobre el Islam.
La estatuaria romana es sólo una copia del arte griego, con un pesado realismo anecdótico de mal gusto.
Los romanos tenían dos cualidades : la fuerza militar que les permitió conquistar el mundo y su organización burocrática. ¿ Por qué hablar entonces de superioridad de civilización ?      

Roger Garaudy

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Comment les ténèbres
Deviendront-elles clarté ?

Nazim Hikmet, poète communiste turc (1901-1963), traduit par son ami Garaudy